Mar 212018
 

Desde el mismo comienzo, yo sabía que Su Divina Gracia A. C. Bhaktivedanta Swami Prabhupāda era la persona más extraordinaria que yo jamás hubiera conocido. El primer encuentro ocurrió en el verano de 1966, en la ciudad de Nueva York. Un amigo me había invitado a oír una conferencia que iba a dictar “un anciano svāmī hindú” en el Bowery de bajo Manhattan. Dominado por la curiosidad de ver a un svāmī dando una conferencia en un barrio bajo, fui allí, y comencé a subir a tientas por unas escaleras oscuras como la noche. Un rítmico sonido como de campanas se hizo más fuerte y claro a medida que yo subía. Finalmente llegué al tercer piso, abrí la puerta, y ahí estaba él.

A unos quince metros de donde yo me encontraba, en el extremo opuesto de un alargado y oscuro cuarto, estaba él sentado en una pequeña tarima, con su cara y su vestimenta azafrán radiantes bajo una pequeña luz. Era un hombre de edad – quizás de unos sesenta años, pensé yo – , y estaba sentado con las piernas cruzadas, en una postura erecta y majestuosa. Su cabeza estaba rapada, y su poderosa cara y espejuelos con montura de carey rojizo le daban la apariencia de un monje que había empleado la mayor parte de su vida absorto en el estudio. Tenía los ojos cerrados, y cantaba en voz baja una sencilla oración en sánscrito mientras tocaba un pequeño tambor. El reducido público intervenía a intervalos, en una forma de llamado y respuesta. Unas cuantas personas tocaban címbalos de mano, lo cual explicaba los sonidos de campana que yo había oído. Fascinado, me senté silenciosamente en la parte de atrás, traté de participar en el canto, y esperé.

Después de un corto tiempo, el svāmī comenzó a dar una conferencia en inglés, tomada aparentemente de un inmenso libro en sánscrito que se encontraba abierto ante él. De vez en cuando citaba el libro y lo leía, pero la mayoría de las veces presentaba citas de memoria. El sonido del idioma era hermoso, y él acompañaba cada pasaje con explicaciones meticulosamente detalladas.

Hablaba como un erudito; su vocabulario se entrelazaba en forma intrincada con frases y términos filosóficos. Elegantes gestos de sus manos y animadas expresiones faciales le añadían considerable impacto a su manera de hablar. El tema era el de mayor peso que yo jamás hubiera encontrado: “Yo no soy este cuerpo. Yo no soy hindú. Ustedes no son americanos…. Somos todos almas espirituales…”

Al terminar la conferencia, alguien me dio un folleto impreso en India. Una foto mostraba al svāmī haciendo entrega de tres de sus libros al Primer Ministro de India, Lal Bahadur Shastri. Al pie, se citaba al Sr. Shastri diciendo que todas las bibliotecas del gobierno de India debían solicitar los libros. En otro pequeño folleto, el Primer Ministro decía: “Su Divina Gracia A. C. Bhaktivedanta Swami Prabhupāda está haciendo una gran labor, y sus libros son contribuciones significativas a la salvación de la humanidad”. Yo compré ejemplares de los libros, y supe luego que el svāmī los había traído de India. Después de leer el texto de las solapas, el pequeño folleto y diversas otras cosas, comencé a darme cuenta de que acababa de conocer a uno de los líderes espirituales más respetados de India.

Pero no podía entender por qué un caballero de semejante distinción residía y daba conferencias precisamente en el Bowery. Era bien educado sin lugar a dudas, y, al parecer, había nacido en una aristocrática familia hindú. ¿Por qué estaba viviendo en semejante pobreza? ¿Qué cosa en este mundo podía haberlo traído aquí? Una tarde, varios días después, me detuve para hacerle una visita y averiguarlo.

Para sorpresa mía, Śrīla Prabhupāda (como luego llegué a llamarlo) no estaba tan ocupado como para no atenderme. De hecho, parecía que estaba dispuesto a hablar todo el día. Fue cálido y amistoso, y explicó que en India había aceptado la orden de vida de renuncia en 1959, y que no se permitía llevar ni ganar dinero para sus necesidades personales. Había concluido sus estudios en la Universidad de Calcuta hacía ya muchos años, había formado una familia, y luego había dejado a sus hijos mayores a cargo de la misma y de los negocios, tal como lo prescribe la antigua cultura védica. Después de aceptar la orden de vida de renuncia, consiguió un pasaje gratuito en un buque hindú (el Jaladuta, de la compañía Scindia Steamship) por medio de una vieja amiga de la familia. En septiembre de 1965 había navegado de Bombay a Boston, provisto sólo de una cantidad rupias equivalente a siete dólares, un baúl de libros y un poco de ropa. Su maestro espiritual, Su Divina Gracia Bhaktisiddhānta Sarasvatī Ṭhākura le había confiado la misión de difundir las enseñanzas védicas de India al mundo de habla inglesa, y era por esto que a la edad de sesenta y nueve años había venido a América. Él me dijo que quería enseñarles a los americanos música, cocina, idiomas y diversos otros artes hindúes. Yo estaba ligeramente asombrado.

Observé que Śrīla Prabhupāda dormía en un pequeño colchón, y que su ropa colgaba de cuerdas que se encontraban en el fondo del cuarto, donde estaban secándose con el calor vespertino del verano. Él mismo la lavaba, y cocinaba su propia comida en un ingenioso utensilio que había creado en India con sus propias manos. En ese aparato de cuatro piezas superpuestas, él cocinaba cuatro comidas a la vez. En otra parte del cuarto, unos manuscritos aparentemente interminables se encontraban apilados alrededor de él y de su máquina de escribir portátil de aspecto antiguo. Él pasaba casi todas sus horas de vigilia – unas veinte de las veinticuatro, según supe – escribiendo a máquina la continuación de los tres libros que yo había adquirido. Se trataba de una colección proyectada para sesenta volúmenes, denominada Śrīmad-Bhāgavatam, y era prácticamente la enciclopedia de la vida espiritual. Yo le deseé suerte con la publicación, y él me invitó a que regresara y asistiera a las clases de sánscrito los sábados, y a sus conferencias nocturnas los lunes, miércoles y viernes. Yo acepté, le di las gracias, y me fui, maravillándome de su increíble determinación.

Unas cuantas semanas después – era julio de 1966 – , tuve el privilegio de ayudar a Śrīla Prabhupāda a mudarse a un vecindario más respetable, en la Segunda Avenida. Unos amigos y yo reunimos el dinero necesario, y alquilamos el antiguo local de una pequeña tienda que daba a la calle en la planta baja de un edificio, y un apartamento situado detrás de un pequeño patio, en el primer piso del mismo edificio. Las conferencias y el canto continuaron, y al cabo de dos semanas, una congregación que crecía rápidamente estaba aportando fondos para el pago del local (en esos momentos ya era un templo) y del apartamento. Para ese entonces, Śrīla Prabhupāda les estaba dando instrucciones a sus seguidores para que publicaran y distribuyeran folletos, y el dueño de una compañía de discos lo había invitado a grabar un LP del canto Hare Kṛṣṇa. Él lo hizo, y tuvo un éxito enorme. En su nuevo local, estaba enseñando canto, filosofía védica, música, meditación de japa, bellas artes y cocina. Al principio él cocinaba – siempre enseñaba con el ejemplo. Los resultados eran las más maravillosas comidas vegetarianas que yo jamás hubiera conocido. (¡El propio Śrīla Prabhupāda incluso solía servir todo!) Las comidas por lo general consistían en arroz, verduras, capātīs (una especie de tortilla de harina integral) y dal (una sopa de guisantes o de mongo, muy condimentada). La sazón, el medio utilizado para cocinar – ghī, o mantequilla clarificada – y la gran atención que se les prestaba a la temperatura de cocina y a otros detalles, se combinaban para producir unos festines al paladar totalmente desconocidos por mí. Las opiniones de otras personas acerca de la comida, llamada prasāda (“la misericordia del Señor”), estaban de acuerdo enfáticamente con la mía. Un miembro del Cuerpo de Paz que además era un entendido en el idioma chino, estaba aprendiendo de Śrīla Prabhupāda a pintar al estilo hindú clásico. Yo me maravillé ante la alta caridad de sus primeros lienzos.

En lógica y debates filosóficos, Śrīla Prabhupāda era invencible e infatigable. Él interrumpía su trabajo de traducción para enfrascarse en discusiones que duraban hasta ocho horas. A veces siete u ocho personas se apiñaban dentro del cuarto pequeño e inmaculadamente limpio en el que él trabajaba, comía y dormía en un cojín de goma espuma de unos cinco centímetros de grosor. Śrīla Prabhupāda constantemente hacía énfasis y daba el ejemplo en lo que él llamaba “vida sencilla y pensamiento elevado”. Él hacía hincapié en que la vida espiritual era una ciencia que podía ser demostrada a través del razonamiento y la lógica, y no un asunto de mero sentimentalismo o de fe ciega. Él inició una revista mensual, y en el otoño de 1966, el New York Times publicó una favorable historia en fotografías acerca de él y sus seguidores. Poco después de eso se presentó un equipo de televisión, y los filmó como la historia principal de un noticiero.

Śrīla Prabhupāda era una persona que a uno le emocionaba conocer. Bien sea que yo estuviera movido por mi deseo de obtener beneficios personales del yoga y del canto, o sólo por pura fascinación, yo sabía que quería seguir de cerca su progreso en cada paso del sendero. Sus planes de expansión eran osados e imprevisibles – excepto por el hecho de que siempre parecían lograr el éxito gloriosamente. Él tenía unos setenta años, era un extraño para América, y había llegado sin nada prácticamente; y sin embargo, en unos pocos meses, ¡había comenzado por sí solo un movimiento! Era asombroso.

Una mañana de agosto en el templo del local de la Segunda Avenida, Śrīla Prabhupāda nos dijo: “Hoy es el día de la aparición del Señor Kṛṣṇa”. Observamos un ayuno de veinticuatro horas, y nos quedamos dentro del templo. Esa tarde llegaron algunos visitantes hindúes. Uno de ellos – prácticamente llorando – describió su ilimitado éxtasis al encontrar ese trozo de la auténtica India al otro lado del mundo. Nunca, ni en sus más extravagantes sueños, hubiera podido imaginarse algo así. Él le ofreció a Śrīla Prabhupāda una alabanza elocuente y un agradecimiento profundo, dejó una donación, y se postró a sus pies. Todo el mundo estuvo profundamente conmovido. Luego, Śrīla Prabhupāda conversó en hindi con el caballero, y como yo no entendía lo que estaba diciendo, pude observar cómo cada una de sus expresiones y gestos comunicaban algo que llegaba a lo más íntimo del alma humana.

Posteriormente, en ese mismo año, mientras me encontraba en San Francisco, le envié a Śrīla Prabhupāda su primer pasaje de avión, y él voló hasta allá desde Nueva York. Un grupo bastante grande de nosotros le dio la bienvenida en el aeropuerto, cantando el mantra Hare Kṛṣṇa. Luego lo condujimos al extremo oriente del parque Golden Gate, a un apartamento y un local para tienda recién alquilados, este último para el templo – un conjunto muy similar al de Nueva York. Habíamos establecido un patrón. Śrīla Prabhupāda estaba extático.

Unas cuantas semanas después, llegó de India a San Francisco la primera mṛdaṅga (un tambor alargado, hecho de barro, con una cabeza de percusión en cada extremo). Cuando subí al apartamento de Śrīla Prabhupāda y le informé de ello, sus ojos se abrieron mucho, y con una voz emocionada me dijo que bajara rápidamente y abriera el embalaje. Me fui por el elevador, salí en la planta baja, e iba caminando hacia la puerta principal, cuando apareció Śrīla Prabhupāda. Él estaba tan ansioso de ver la mṛdaṅga que se había ido por la escalera y había llegado antes que el elevador. Nos pidió que abriéramos el embalaje, rasgó un pedazo de la tela azafrán que llevaba puesta y envolvió el tambor con él, dejando sólo expuestas las cabezas de percusión. Él dijo entonces: “Esto nunca debe salirse”, y comenzó a dar instrucciones detalladas de cómo tocar y cuidar el instrumento.

También en San Francisco, en 1967, Śrīla Prabhupāda inauguró el Ratha-yātrā, el Festival de las Carrozas, uno de los diversos festivales que, gracias a él, la gente de todo el mundo observa hoy en día. El Ratha-yātrā se ha venido llevando a cabo anualmente en Jagannātha Purī, India, durante dos mil años, y para 1975 el festival se había vuelto tan popular entre los habitantes de San Francisco, que el alcalde de la ciudad proclamó formalmente: el “Día de Ratha-yātrā en San Francisco”.

Para fines de 1966, Śrīla Prabhupāda había comenzado a aceptar discípulos. Él se apresuraba en señalarles a todos que debían pensar en él no como Dios, sino como sirviente de Dios, y criticaba a los supuestos gurus que permitían que sus discípulos los adoraran como Dios, “Esos ‘Dioses’ son muy baratos”, solía decir él. Un día, luego que alguien le preguntara:“¿Es usted Dios?”, Śrīla Prabhupāda respondió: “No, yo no soy Dios… yo soy un sirviente de Dios”. Luego reflexionó por un momento, y siguió hablando. “En realidad, yo no soy un sirviente de Dios. Estoy tratando de ser un sirviente de Dios. Un sirviente de Dios no es algo ordinario”.

Para mediados de los años setenta, la traducción y publicación que llevaba a cabo Śrīla Prabhupāda se intensificó en forma dramática. Los eruditos de todas partes del mundo hacían llover comentarios favorables acerca de sus libros, y prácticamente todas las universidades y escuelas superiores de Norteamérica y del resto del mundo los aceptaban como libros de texto. En total, él produjo unos ochenta libros, que sus discípulos han traducido a treinta idiomas, y que han distribuido en una cantidad de ochenta y cinco millones de ejemplares. Él fundó ciento ocho templos alrededor del mundo, tiene unos diez mil discípulos iniciados, y una congregación de seguidores que alcanza los millones. Śrīla Prabhupāda escribió y tradujo hasta los últimos días de sus ochenta y un años de estadía en la Tierra.

Śrīla Prabhupāda no era tan sólo otro erudito, guru, místico, maestro de yoga o instructor de meditación, venido del Oriente. Él era la personificación de toda una cultura, e implantó esa cultura en Occidente. Para mí y para muchas otras personas, él era primero y principalmente alguien a quien verdaderamente le importaba trabajar por el bien de los demás, habiendo sacrificado por completo para ello su propia comodidad. Él no tenía vida privada, sino que vivía sólo para los demás. Él enseñó ciencia espiritual, filosofía, sentido común, bellas artes, idiomas, la forma védica de vida – higiene, nutrición, medicina, normas de etiqueta, vida familiar, agricultura, organización social, educación, economía – y muchas más cosas a mucha gente. Para mí era un amo, un padre, y mi más querido amigo.

Estoy profundamente endeudado con Śrīla Prabhupāda, y es una deuda que nunca podré pagar. Pero al menos puedo manifestar en parte mi agradecimiento, uniéndome a sus demás seguidores para tratar de complacer su deseo más íntimo: la publicación y distribución de sus libros.

“Yo nunca habré de morir”, dijo una vez Śrīla Prabhupāda. “Viviré por siempre en mis libros”. Él abandonó este mundo el 14 de noviembre de 1977, pero, con toda seguridad, vivirá por siempre.

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